La crisis de la presencialidad, la postergación de la actividad en espacios reales, relega la aventura de tocar, de activar la mente desde lo que advierte y siente el cuerpo.

La crisis de la presencialidad afecta visiblemente la educación, tanto por el confinamiento como por la imposibilidad de contar con grupos completos en el aula.

La preocupación por las consecuencias negativas que este proceso podría tener se funda en un hecho simple, poco comentado y de gran relevancia para pensadores de distintas épocas: la importancia del uso de los sentidos para captar el mundo.

Parece poco pensada la aseveración de que todos los objetivos de enseñanza, sobre todo en los ciclos de formación inicial, pueden alcanzarse exclusivamente con clases remotas o virtuales. Dificultar o impedir el contacto integral y con la totalidad de los sentidos equivale a amenazar una condición que es imprescindible para la socialización y apropiación de las pautas culturales y características del ambiente.

No se trata de una idea nueva. Ya el gran filósofo y pedagogo estadounidense John Dewey resignificó el concepto de experiencia cuando explicó que las personas subsisten y se desarrollan mediante la conversión de las energías del ambiente en que se desenvuelven y la acción sobre este. Dos siglos antes, el padre del liberalismo y empirista inglés John Locke había sentado una idea fundacional al respecto, al afirmar que todo saber se origina “en las impresiones que son causadas en nuestros sentidos por los objetos del exterior”. Precisamente, un rasgo común de las clases y las consignas de trabajo más creativas es que, intuitivamente o no, piensan en el cerebro del alumno como un sistema complejo que, sumido en el proceso de aprendizaje, se activa a partir de la observación (en un sentido genérico) e interpretación de todas las señales que recibe.

Es sabido que las tecnologías que utilizamos en la “remoticidad” son completas y adaptables a las aplicaciones más atractivas de las que se dispone hoy para enseñar. También es cierto que, por la imposibilidad del contacto físico o la necesidad de optimizar el tiempo, la educación a distancia puede resultar un complemento muy ventajoso. Pero en ese mundo bidimensional hay algo de la riqueza del uso de todos los sentidos y de los significados que estos permiten captar que nos está vedado. Los educadores perdemos bastante información de las reacciones de nuestros alumnos; es una especia de stand up a ciegas. Y los alumnos, ante la debilidad de los lazos con el docente en este escenario, se ven en la necesidad de aportar información para sentirse parte, teniendo en cuenta que es poco lo que de sí mismos ponen el aula. Por otra parte, un mensaje que solo apela a la vista y el oído constituye un proceso perceptivo que desequilibra la energía natural que ponemos en el uso de cada sentido y que, según el tipo de práctica, puede cansar o aburrir.

La crisis de la presencialidad, la postergación de la actividad en espacios reales, relega la aventura de tocar, de activar la mente desde lo que advierte y siente el cuerpo, componer una idea mediante el conjunto de los sentidos, aún de la inspiración que proviene del olfato o el tacto. Impide a cada alumno conformar una “experiencia del todo”, tan trascendental para la educación en todos los niveles, que resulta del ensamble del espacio físico de la institución educativa, la ceremonia de la entrada y la salida, el tránsito por los pasillos, el patio y los locales de café o comidas, el espacio del aula, la figura y presencia de los docentes y la relación con sus pares.

Fuente: ambito.com

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