“Eso es el aprendizaje. Entender de repente algo que siempre has entendido, pero de una manera nueva”.

Doris Lessing


En la entrega anterior se hizo referencia al comportamiento desarrollado por algunos individuos desde la aparición de los smartphones, o teléfonos inteligentes, cuya conclusión visible es el distanciamiento social en términos humanos y el congelamiento afectivo que se ha desarrollado por la falta de roce con otras personas.

En este espacio se mencionan algunas líneas para instaurar un proceso de alfabetización tecnológica, entendiendo que “alfabetizar” es lograr codificar y decodificar signos y símbolos, el equivalente a leer y escribir, que es lo que aprendemos cuando niños. Reconocer situaciones y establecer pautas para que luego se haga fluido y naturalizar el aparato electrónico dentro del hogar sin afectar el desarrollo socioafectivo son aspectos clave a considerar.

1.- Etapas: es importante decidir cuándo se debe entregar un teléfono inteligente, porque ya en nuestra sociedad se ha equiparado al teléfono con un aparato de distracción, por lo que vemos a niños de 5 años jugando con esos dispositivos y, entiéndase: aunque un smartphone trae aplicaciones para jugar, definitivamente ¡no es para eso!

Un teléfono inteligente es para hacer contacto y/o comunicación con otras personas que se encuentran distantes. De tal manera que entregarle un celular a un menor es indicarle que es, principalmente, para comunicarse con los padres cuando se requiera.

Siguiendo esta línea, considerar el grado de cuidado que pueden tener nuestros hijos en el resguardo del aparato (se escucha mucho que “lo botó”, “lo perdió”). Si no está en capacidad de tener ese cuidado, NO debe entregarse un equipo por más que lo pida. Evolutivamente hablando, un teléfono debe ser entregado a un niño que ya esté por cumplir los 12 años de edad y no antes. Otros equipos, como las tabletas y portátiles, van en el mismo sentido.

2.-Horario: definida la edad, toca los horarios. Se ha desarrollado un término conocido como “nomofobia”, que es ese miedo de no poseer el celular (o cualquier tecnología de información y comunicación), de no poder comprobar si hay mensajes, correos, llamadas o percatarse de haber salido de casa y haber olvidado llevar consigo el equipo. Esto ocurre porque en definitiva no hay reglas sociales al respecto: siempre queremos estar comprobando si hay algo nuevo en el aparato, ya que este está más interconectado a su vez con otros equipos y por diferentes medios (señal, datos, bluetooth, etc.). En este sentido, como se supone que los niños no poseen equipos se habituarán a esa “ausencia”. En cuanto a los adolescentes, se deben establecer pautas rígidas para conservar rutinas personales saludables. Estas son las siguientes:

a) Al momento de comer, los equipos fuera de la mesa (incluye a los adultos ¡claro está!). Así se estimula la conversación, el contacto visual y la integración familiar.

b) Al momento de dormir. Los equipos también deben estar fuera de la habitación por varios motivos: de algún modo se sospecha la alteración de la química cerebral cuando las radiaciones de baja frecuencia de los dispositivos se encuentran en la misma habitación, lo cual genera insomnio o sueños “raros”. Introducirlos en la habitación también estimula que la persona los utilice hasta altas horas sin darse cuenta de ello. Por último, la luminosidad también afecta la humedad ocular por pestañear menos, alterando varias funciones fisiológicas necesarias tanto en la visión como en las redes nerviosas cerebrales.

En la siguiente entrega, más líneas de actuación en el hogar.