“Es importante desarrollar la mente de los hijos.
No obstante, el regalo más valioso que se les puede dar es desarrollarles la conciencia”

Jonh Gay

En el ámbito de la consulta psicológica y en el ámbito educativo, además del quehacer diario, por supuesto, es visible la dificultad constante con que los padres y maestros se encuentran constantemente con ciertas conductas en los niños, tanto dentro como fuera de la casa y del aula.

Generalmente, dichas conductas son descritas como “berrinches”, “pataletas”, “malcriadez”, “groserías” e incluso, conductas agresivas que comprenden tanto la ofensa verbal hacia las figuras de autoridad, como la violencia física.Desde este ángulo es totalmente lícita la preocupación, dada las repercusiones que tienen para el hogar y para la sociedad.

En este sentido, empleando el recurso histórico al que recurro constantemente, intentaré establecer unas comparaciones y me concentraré en aspectos muy específicos.

Inicialmente, ubiquémonos entre los años 1940y1980, época cuando crecieron nuestros abuelos y padres. ¿Cuáles eran los relatos que nos compartían acerca de su crianza? ¿Qué observamos de aquellos años? En la casa se escuchaban cosas como las siguientes: “bastaba que papá me mirara y eso era suficiente para saber que no debía moverme” o “cuando decían que me esperaban en casa para hablar, ya sabía que venía una paliza”. En la escuela se usaba aquello de que “la letra con sangreentra”, ilustrado por docentes que daban golpes con la regla en las manos, e hincaban sobre piedras a los estudiantes que se portaban de manera inadecuada o, simplemente, no brindaban sonrisa alguna a los alumnos.

Aun hoy en día suena atroz, inhumano o, al menos, desproporcionado tratar a los niños de esa forma, lo cual trajo una consecuencia digna de atender y analizar: esas personas, que hoy día son padres (generación posterior a 1980), consideraron que debido a esa crianza tan fuerte, tan rígida, había que suavizar tales manejos en el hogar y en la escuela. Ahora se les permite que pongan la música cuando quieran, salen cuando quieran, se les complace en lo más mínimo, en todas las festividades del año (cumpleaños, Navidad, Día del Niño y cualquier otra ocurrencia); es decir, se les ha cedido poder dentro del hogar, elemento que se repite en el aula cuando se enfrentan a los docentes, y quieren imponersu criterio y voluntad.

Con esta imagen queda claro que existe un fuerte contraste entre la rigidez de la crianza, dura, estricta, de aquellos años, comparada con la actual, más laxa y flexible, en la que en definitiva se han trastocado los roles, y ahora padecemos serias dificultades a la hora de corregir y reordenar la función social en la familia y la comunidad.

Retrotrayéndonos al origen, una de las características del niño malcriado es el reaccionar con mucha molestia e intolerancia ante la frustración, frente a la aplicación de las normas. Podríamos poner como ejemplo, el siguiente: el niño está viendo la televisión y se le dice que debe bañarse; entonces, se enojainmediatamente y se cruza de brazos, llora intensamente y esto hace que el papá también reaccione y le grite, lo cual trae como consecuencia que el infante responda también con exclamaciones, descomponiendo aún más la relación entre padre e hijo.

Hoy en día, al niño se les hace más difícil acatar instrucciones y más aún entenderlas; solo desean hacer actividades placenteras (largas horas en el celular, en la Internet, salirde paseo, etc.), y responden con mucha violencia y sin argumentación frente a las autoridades afectivas y morales (padres y docentes), entre otros aspectos. Al mantenerse este patrón ‒que comenzó en la década de 1990‒, tenemos adultos caprichosos, incomprensivos y, por ende, poco capaces de corregir adecuadamente las conductas de sus propios hijos.

La corrección es un acto que exige dos factores que van de la mano: autoridad y afecto. La primera tiene que ver con el don natural de ejercer el mando en el hogar, que guía y orienta hacia dónde debe dirigirse el infante. Y es natural, puesto que es indestructible e incuestionable. En segundo lugar, el afecto que es necesario brindar a la prole, decirle las razones por las que se orienta hacia una determinada decisión y, sobre todo, dar el ejemplo y sostenerla en el tiempo. Los padres de ahora son o muy comprensivos (permiten hacer lo que sea aunque merezcan “castigo”) o son ineficaces (pese a tratar imponerse a los hijos, estos no les hacen caso).

La corrección debe nacer de la explicación clara y concisa de las normas, que deben ser entendidas como enunciados o guías que orienten el comportamiento. Inmediatamente, explicar las consecuencias de las faltas; pero tan importante aún como lo anterior, es ser firme en la aplicación de la sanción o consecuencia. Allí radica gran parte de la ineficacia a la hora de comunicarnos con los infantes: si a un niño se le advierte que no se le devolverá un juguete por no haber recogido sus cosas previamente, esto debe ser cumplido así y por el lapso indicado; pero si por el contrario, se le devuelve o, peor aún, ni siquiera hay el intento por retirarle el privilegio, el niño aprenderá que su voluntad está por encima del padre.

Nadie nace con un manual debajo del brazo para ser padres; sin embargo, la sociedad exige que investiguemos más, que aprendamos más y que pidamos más ayuda para optimizar nuestra función paterna. Y para esto es que estamos invitados.