divan-observador-por-Hernan-De-Oliveira

“Podrían engendrarse hijos educados si lo estuvieran los padres”.

Goethe

“Está muy chiquito, déjalo tranquilo”; “él no entiende, no tienes paciencia”; “sabes que tu papá no te entiende, es malhumorado”… Desde hace generaciones, estas son algunas expresiones populares y en varias latitudes, al menos en Latinoamérica, todas ellas apuntan a que los niños son seres indefensos, vulnerables, cuyo deber ineludible del adulto es brindarles un escudo protector para que nada les ocurra.

Aquí operan tres elementos a considerar: a) El concepto que se tiene de la infancia (y de los infantes); b) El concepto de amor maternal y paternal; y c) La historia de vida personal.

Con respecto al concepto de infancia, históricamente ha habido cambios paulatinos que abarcan desde aquellos tiempos en los que los niños trabajaban con sus padres en el campo, en las minas, por períodos hasta de 14 horas diarias y mucho más. También el caso en que los niños fueron equiparados a los animales, y eran definidos como seres incapacitados como para tener pensamientos racionales. Finalmente, el dramático, pero necesario cambio en el que los niños y adolescentes pasan de ser objetos de derecho, a ser sujetos con derechos, y este paradigma aún no ha calado en gran parte de la sociedad.

En relación con el amor maternal y paternal también cuenta una historia en la que los padres por mucho tiempo (y aún es observable) se comportan y son tratados como meros proveedores económicos, distanciados del afecto completamente, hasta con dificultades para darles mimos y cariños a sus propios hijos; en el amor maternal es más compleja la cuestión porque operan otras variables: el hecho de que un hijo emerja de su cuerpo, en vez de mantener un contacto físico donde ella es una persona y el hijo es otra, muchas veces  produce una fusión psicológica como consecuencia de “engullirlo” afectivamente, y esto se observa en frases tales como “ese es hijo mío y de nadie más” o “tú no lo cuidarás mejor que yo”. La madre, en este caso, mantiene al hijo como objeto y no como sujeto. El padre distanciado ve al hijo como un objeto a quien tiene que mantener.

La historia personal como tercer aspecto responde a la infancia que tuvo cada progenitor, considerando donde nació, creció, con quién vivió y en qué época transcurrió. Y es por ello que hay tantos estilos paternales y maternales como humanos en la Tierra.

Como históricamente hubo siglos en los que los niños fueron vejados, abandonados y maltratados, en la actualidad se aprecia un giro de 180 grados en el que ahora a los niños no se les permite hacer ni se les exige nada. La ciencia ha avanzado al respecto, otorgando cúmulos de evidencias en las que los infantes progresivamente desarrollan capacidades que les permiten paulatinamente adquirir y ejercer derechos fundamentales, como el hecho mismo de tomar decisiones que es la cúspide del desarrollo neuropsicológico del individuo; sin embargo, dentro de la cultura esto no ha sido “digerido” y, por tanto, no ha sido entendido.

En este orden de ideas es necesario diferenciar el amor. No pongo adjetivos porque el amor, sea maternal, paternal, fraternal, sentimental, siempre es sano. Cualquier otra cosa diferente a esto simplemente no es amor, y puede alcanzar niveles patológicos; por ello la razón del título de este artículo, no hay tal cosa como amor bueno y malo.

Definiría al amor, de manera exageradamente resumida, como aquel sentimiento en el que nos gustan mucho las características propias o de otra persona, y queremos lo mejor tanto para sí mismo como para la otra persona. Por consiguiente, hay que entender que es un balance entre el amor personal y el amor al otro. Al amarse mucho a sí mismo caemos en el narcisismo; amar mucho al otro genera esclavitud y dependencia. Y dejemos claro que en cuanto hablamos de narcisismo o dependencia, el amor es escaso o nulo, el balance está quebrado o exageradamente desbalanceado.

Retomando los extractos al inicio del artículo, en la crianza, dejar que el niño haga lo que le plazca, no poner límites, no comprenderlo, negarle oportunidades de mejoras futuras, apoderarse de ellos, no es bueno. El mensaje que se les envía es que ellos son lo más importante y aprenderán o a ser narcisos o esclavos, por lo que el balance afectivo permanecerá alterado hasta la adultez, y de esta manera se cumplen los tres elementos analizados en este espacio.

La recomendación: revisar cómo se encuentran estos conceptos en cada padre y madre, cuál es la historia personal. La idea siempre es optimizar el vínculo.